Analizan los hongos negros de Chernóbil y descubren que pueden resolver uno de los grandes problemas de la NASA

Analizan los hongos negros de Chernóbil y descubren que pueden resolver uno de los grandes problemas de la NASA

Lo que parecía un detalle oscuro de la zona de exclusión podría ser el germen de un escudo vivo, ligero y autorreparable.

La primera vez que los vi fue en una foto tomada a pocos metros del sarcófago de Chernóbil: manchas negras, brillantes, trepando por el hormigón como si nada. La imagen tenía algo hipnótico; un técnico sostenía un contador Geiger que chisporroteaba sin drama, y los hongos seguían ahí, ajenos, como si esa lluvia invisible fuera una brisa amable. El aparato crepitaba; parecía lluvia dentro del metal. A miles de kilómetros, en un laboratorio de Florida, otro grupo miraba los mismos organismos en placas de Petri, esperando una respuesta simple a un miedo enorme. Comen radiación.

Los “hongos de Chernóbil” y el problema silencioso de la NASA

La idea principal que sacude a cualquiera que visita la zona es brutal: donde nosotros vemos ruina y peligro, algunos hongos prosperan. Tras el desastre de 1986, micólogos encontraron especies oscuras, cargadas de melanina, que no solo toleraban la radiación, sino que crecían mejor bajo su baño constante. **Los hongos no solo sobreviven: crecen hacia la radiación.** En términos de supervivencia, eso es casi poesía. Para la NASA, que desde hace décadas calcula gramos y milisieverts con la frialdad de un cirujano, esta rareza biológica suena a oportunidad muy concreta.

Un dato que pone todo en contexto: un viaje de ida y vuelta a Marte puede exponer a una tripulación a dosis del orden de 600 a 1.000 mSv, y la superficie marciana añade cada día una carga que en la Tierra ni notamos protegidos por nuestra magnetosfera. En 2019, un experimento en la Estación Espacial Internacional con Cladosporium sphaerospermum, un hongo melánico aislado de entornos extremos, midió una ligera reducción de la radiación —del orden del 2%— bajo una capa de cultivo de apenas unos milímetros. Extrapolada con cuidado, esa atenuación sugiere que capas más gruesas podrían rebajar de manera significativa la dosis en hábitats o compartimentos críticos.

La lógica detrás de esa promesa tiene nombre: melanina. Este pigmento, famoso por nuestra piel, en estos hongos opera como una especie de antena que captura energía de la radiación ionizante y la deriva hacia su metabolismo. Algunos científicos hablan de “radiosíntesis”, un análogo oscuro de la fotosíntesis, donde la melanina cambia de estado y facilita transferencias electrónicas que dan ventaja al organismo. **La clave está en la melanina.** Compuestos híbridos de melanina con metales pesados han mostrado atenuaciones comparables a materiales tradicionales, y lo más goloso para el espacio es su densidad específica y la posibilidad de “cultivarlos” in situ con recursos mínimos.

De mancha en el hormigón a escudo vivo en una nave

¿Cómo se traduciría eso en hardware que vuele? La receta, simplificada, empieza con seleccionar cepas melánicas robustas y cultivarlas en sustratos pobres en nutrientes que puedan producir los propios sistemas de soporte vital de la nave. Luego se integran en paneles tipo sándwich: lámina porosa donde el hongo vive, una barrera semipermeable que regula humedad y gases, y una cara exterior compatible con la estructura. Se colocan en las zonas donde cada milímetro cuenta: alrededor de dormitorios, paredes de hábitat o depósitos de consumibles sensibles. Un espesor de varios centímetros podría crecer en semanas en microgravedad, sin cargar kilos desde la Tierra.

A partir de ahí vienen los matices que separan una idea brillante de un sistema fiable. Mantener la humedad sin generar condensaciones, evitar contaminaciones cruzadas con otros microorganismos de la nave, prevenir olores o compuestos volátiles, y asegurar que el escudo “duerma” cuando no hace falta y “despierte” tras una tormenta solar fuerte. Aquí el diseño es todo: módulos reemplazables, sensores de radiación integrados al panel, y protocolos de poda y renovación. Seamos honestos: nadie hace eso todos los días. Pero si un escudo se regenera solo y gana eficacia con el tiempo, el intercambio merece la pena para quien va a pasar meses entre estrellas.

Todos hemos pasado por ese momento en que buscas una solución que no pese, que se repare y que no te deje vendido la noche que algo falla. Ahí el hongo negro tiene una ventaja emocional rara en ingeniería: consuela. **Un escudo que se regenera es oro en el espacio.**

“Si el material que te protege se fabrica a sí mismo con luz mala, has ganado dos veces: en masa y en resiliencia.”

  • Autorreparación: el hongo vuelve a crecer tras microrroturas.
  • Producción in situ: menos kilos al despegar, menos coste.
  • Híbridos inteligentes: melanina con polímeros o regolito para más blindaje.
  • Control vivo: crecer más en solares, ralentizar en crucero.

Lo que podría cambiar la forma de viajar lejos

Si estos hongos pasan la criba de la ingeniería real, habrá un antes y un después en cómo pensamos la protección frente a radiación fuera de la Tierra. Un hábitat lunar recubierto con biopaneles melánicos y capas de regolito podría rebajar dosis a niveles sostenibles sin un alud de metal. Una nave a Marte podría priorizar corredores “sombreados” para dormir, con paneles vivos que evolucionan y se remiendan con el propio ciclo del agua a bordo. *Lo más radical no es que funcionen, sino que crezcan cuando más los necesitas.* La investigación todavía está validando espesores, combinaciones y ritmos de crecimiento, también explorando composites de melanina con bismuto u otros elementos para temporadas de alta actividad solar. La pregunta ya no es si un organismo puede ayudarnos a llegar más lejos, sino cuánto le dejaremos participar en el diseño del viaje.

Point clé Détail Intérêt pour le lecteur
Escudo melánico vivo Hongos oscuros que absorben radiación y crecen bajo dosis elevadas Entender por qué Chernóbil inspira nuevas protecciones espaciales
Producción in situ Paneles cultivados en hábitats con agua reciclada y sustratos ligeros Menos peso al lanzamiento, misiones más baratas y flexibles
Composites híbridos Mezcla de melanina con polímeros o regolito para mayor atenuación Soluciones prácticas aplicables en naves y bases lunares o marcianas

FAQ :

  • ¿Qué hongos específicos se han estudiado de Chernóbil?Varias especies melánicas como Cladosporium sphaerospermum y Cryptococcus neoformans han sido analizadas por su tolerancia y aparente “radiosíntesis”. No son exclusivos de Chernóbil, pero allí mostraron su talento.
  • ¿Cuánta radiación pueden bloquear en la práctica?En la ISS, unos milímetros lograron alrededor de un 2% de reducción local. Modelos apuntan a atenuaciones mucho mayores con capas de centímetros a decenas de centímetros, según energía y geometría.
  • ¿Es seguro llevar hongos vivos dentro de una nave?La clave está en encapsularlos en biopaneles cerrados y controlados, con filtros y materiales que eviten esporas libres. Igual que con plantas de sistemas de soporte vital, se diseña su “hábitat” dentro del hábitat.
  • ¿Reemplazan a materiales como aluminio o agua?No. Funcionan mejor como complemento. El agua y el combustible ya protegen bien; los hongos pueden ocupar huecos y crecer en destino, optimizando masa y mantenimiento.
  • ¿Cuándo veremos esto en misiones reales?Primero llegarán demostradores en órbita y en la Luna. Si confirman estabilidad y control, podrían integrarse en hábitats de larga duración en la próxima década.

1 réflexion sur “Analizan los hongos negros de Chernóbil y descubren que pueden resolver uno de los grandes problemas de la NASA”

  1. lauralégende

    Brutal. Un escudo vivo que puede autorreparárse y crecer donde hace falta suena a game changer. Me gusta la idea de paneles tipo sándwich con sensores, pero ¿qué pasa con la humedad y los olores en un hábitat cerrado? Gracias por el artíclo; muy claro y bien explicado.

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